miércoles, 18 de abril de 2007

El amiguito que todos deseamos tener

1. PRIMERAS REFLEXIONES SOBRE E.T.

“Mis películas se parecen a mí y dicen lo que soy. Cuando veo E.T. me digo: ¡Eh!, yo era así en 1982. No creo en la gente que dice hacer películas que no tienen nada que ver con ellos. En cierta manera, cada película es autobiográfica. Porque partes de tus emociones, de tus experiencias, para realizar una película.” –Steven Spielberg.

E.T. es una preciosa historia sobre la amistad y los sueños en la infancia. Unos seres extraterrestres llegan a la Tierra con su nave espacial. Su misión es recoger muestras de la flora de un bosque terrestre y así lo harán. Súbitamente, irrumpen en ese espacio silencioso y oscuro unos hombres en su búsqueda, motivo por el cual los extraterrestres vuelven a su nave y despegan hacia las estrellas. No todos, ya que las prisas y la torpeza de uno de ellos hacen que este se quede en nuestro planeta. Sin rumbo fijo, desemboca en el garaje de la casa de Elliot. Este es un niño introvertido de nueve años que vive con su madre (sus padres se acaban de separar), su hermano mayor y su hermana pequeña. Cuando Elliot descubre por primera vez a E.T., tal como le llamarán, los dos no pueden evitar gritar. Con la táctica de unos caramelos en el suelo, que recuerda a las miguitas de pan que el pequeño Pulgarcito dejaba en el camino para saber retornar a su casa, Elliot consigue trasladar a la criatura hacia su cuarto. Tras presentarlo a sus dos hermanos, juntos viven días de alegría con ese encantador y cariñoso ser, en especial Elliot que comprueba en clase cómo está unido telepáticamente al extraterrestre que manifiesta explícitamente su deseo de regresar a su hogar (“Teléfono, mi casa”). Los tres hermanos ayudan a E.T. a ponerse en contacto con los suyos para el rescate, antes de que los malvados científicos le capturen, conscientes de que la noche de la llegada de la nave espacial, uno de ellos no marchó. Con unos utensilios domésticos que le presta Elliot, E.T. construye un aparato que debe conectarle con sus familiares. Aprovechando la fiesta de Halloween, la criatura sale a la calle (momento en que muestra las mágicas artes voladoras que posee: la ya mítica escena donde E.T. y Elliot, a lomos de su bicicleta, vuelan sobre el fondo de una luna resplandeciente) y prueba su peculiar invento. Esa misma noche, E.T. enferma y debido a la especial conexión existente entre ellos dos, Elliot también. La madre de este ve por primera vez al ser pálido y débil junto a su hijo en su cuarto. La primera reacción es apartarlo pero después también acaba amándolo. Los científicos hallan al extraterrestre y montan un auténtico tinglado para estudiarle. E.T. muere, o eso creen todos los médicos que le rodean, ya que Elliot descubre que ese entrañable ser todavía sigue vivo. Con la ayuda de sus hermanos y amigos, despistan a los policías y médicos y marchan volando en bicicleta hacia el bosque. La nave llega para recoger a E.T. pero no sin antes despedirse de los que le ayudaron y en especial de su amiguito Elliot. Una emotiva despedida que no evita que alguna lagrimita corra por nuestro rostro.

“ No es que yo fuera así cuando tenía nueve años, sino que más bien he intentado reflejar lo que yo quería haber sido a esa edad…yo hago películas acerca de cómo me gustaría que hubiese sido mi vida. Mis películas tienen un poco más de fantasía; me gusta hacer las cosas mejor de lo que son”. Steven Spielberg realizaba este comentario cuando se le preguntó por la similitud que el director mantenía con Elliot, el niño de nueve años que forjará una gran amistad con ese ser “bajito, feo y entrañable”.

E.T. es una película que se sumerge en el universo infantil pero no solo temáticamente si no también narrativamente. Es un film contado y visualizado desde la mirada de un niño. Cada plano refleja el conflicto subyacente entre el universo infantil y el mundo adulto; las figuras de los adultos, vistas en contrapicado, no terminan de percibirse en su integridad e incluso el auténtico protagonista de la historia, E.T., tiene la estatura de un niño. Una narración limpia y concisa (diálogos escuetos) donde el juego con los colores y una maceta de flores adquieren relevancia. La luz blanca se relaciona con el mundo de los adultos y la luz roja, que anida en el pecho del extraterrestre, con la vitalidad del mismo. Por su parte, las flores nos indican el estado de ánimo de E.T.




2. ARGUMENTOS UNIVERSALES QUE APARECEN EN EL RELATO DE E.T

A lo largo de la historia del cine, se ha podido comprobar la constante repetición de ciertos argumentos en la estructura narrativa de las películas, ahora bien, siempre acompañados de una áurea diferente dependiendo del director responsable.
En E.T. he decidido centrarme en estos tres argumentos universales: el retorno al hogar, el intruso benefactor y la falsedad de las apariencias.

Tras la batalla de Troya, Ulises decide regresar a casa pero durante este viaje que le conduce a su hogar, Ulises se debate entre la ley y el deseo, la casa o el viaje, entre la memoria y el olvido. Un ser humano con una identidad rota, híbrida incapaz de saber cuál es el mejor lugar para alcanzar la anhelada felicidad. Si en un principio, pensábamos que nuestro héroe iba a sentirse cómodo en casa, Ulises nos muestra cómo el hombre añora lo pasado, el placer de viajar y por tanto, de adentrarse en el caos, fuera de la rutina diaria.
“Todos somos Ulises y por tanto, ese ser tan tierno llamado E.T., también”. E.T. se ve obligado, por causas del destino, a pasar un indefinido tiempo en el planeta Tierra. El desconocimiento de este desemboca en un auténtico caos. Esta criatura, al igual que Ulises debe reconstruir su identidad a través de la memoria en un lugar totalmente ajeno a él. Diversas secuencias de la película, muestran la mirada hacia el interior de E.T.: cuando intenta explicar a los tres hermanos, con bolas de plaste Lina, de dónde viene él así como cuando ve una imagen en un libro que le recuerda a su hogar. Al igual que el citado Ulises, E.T. vivirá aventuras antes de regresar a su hogar, entre ellas, la más destacada, la gran huida del final. Los amigos de Elliot y este volaran con sus bicicletas para así evitar que la policía les coja.
En el final del film, cuando E.T. se despide de su descubridor y gran amigo, Elliot, se asoma en la mirada de la dulce criatura una añoranza de los días vividos en la tierra, una dualidad, por unos instantes, entre la tierra y su hogar; a pesar de este momento, durante todo la narración, el extraterrestre muestra signos explícitos de querer volver a su casa (recuérdese la divertida escena de cuando los niños aprovechan la fiesta de Halloween para que E.T. pueda salir de la casa de estos, disfrazado de fantasma y así poder comunicarse con los suyos. Cuando el ser “bajito, feo y entrañable” ve por las calle a uno de los protagonistas de Star Wars de George Lucas, gran amigo de Spielberg, dice: “Mi casa”).
Pero el argumento universal del retorno del repatriado, no es el único que encontramos en esta entrañable película. Y es que E.T. también tiene una serie de características que lo relacionan con el argumento del intruso benefactor.
El extraterrestre no cumple estrictamente la crónica completa del líder mesiánico pero sí existen en él algunos aspectos que lo definen como un Mesías. La criatura tiene unos poderes mágicos que lo conducen al hermetismo, en este caso, en el hogar de Elliot. La historia mesiánica deja en la comunidad una nueva experiencia, un nuevo saber que elimina algunos prejuicios de la homogénea comunidad, en este caso, la comunidad se reduce principalmente a una familia, una familia con fobia hacia lo extraño y diferente que sobresale de la bien definida población americana. También mejora la situación previa a su llegada, en este caso, parece unir de nuevo a la familia y encontrar un nuevo amor para la madre de Elliot. El destino del extraterrestre benefactor es la desaparición, sin poder compartir la bonita escena que deja. Como otro cualquier Mesías, E.T. experimenta una muerte y resurrección, que afirma definitivamente la fe en el héroe, la idealización que de este se tiene. Su partida deja en sus seguidores y en el espectador una esperanza de regreso, de nuevo encuentro.
La elección del punto de vista constituye una opción esencial para la realización de un film basado en el intruso benefactor. En dicha película, podríamos hablar de la partición de la figura mesiánica en dos: en E.T. y en Elliot. Este es también un héroe mesiánico para E.T. pues le ayuda a conseguir aquello que más desea, el retorno a su casita. El joven es hospitalario con el extraño, no reacciona de manera negativa ante su presencia, es más, ha descubierto a aquel ser que le comprende, que llena el vacío que su padre ha dejado. Aquel amigo que los niños necesitan. Los dos se encuentran en una situación de desamparo y soledad que les une fuertemente, incluso rozando el amor.

La moderna ficción de fantasía ha mantenido el argumento del Salvador en permanente actualidad. Steven Spielberg es el director más mesiánico en activo. En numerosas entrevistas afirma como la llegada de alguien al hogar es su tema preferido aunque defiende que sus películas no son de fantasía, ya que sus películas parten de la vida real: un barrio, una familia… “Mis películas tienen un componente de fantasía, pero en esencia están arraigadas en la realidad. Como un árbol plantado en el suelo; pero si subes por las ramas y llegas a la copa, entonces allí pueden ocurrir las cosas más fantásticas y disparatadas”.
La religión judía también influye en la continua tendencia de Spielberg por apostar por un relato basado en la venida de alguien del exterior. “He sido educado en la religión judía y educo a mis hijos de la misma manera. Creo que hay algo después de la muerte. Tengo ganas de creer. Pero yo no creo en un solo dios. Yo creo en una infinidad de dioses. Por ejemplo, cuando escribo una película, me gusta la idea de que estoy siendo inspirado por alguien de arriba, alguien que me echa una mano, una energía superior que me visita.”
Encuentros en la tercera fase constituye la primera parte del ciclo mesiánico seguida de la película analizada.

Por otro lado, en E.T. también encontramos ciertos tintes del argumento de la falsedad de las apariencias.
La primera impresión que transmite el extraterrestre es monstruosa, pero tras ella se esconde un corazoncito inmensamente bueno y tierno. E.T. es como Eduardo Manostijeras, dos seres distintos que aterrizan en la “la perfecta y homogénea sociedad americana” donde son rechazados e incluso ridiculizados ante la población. Afortunadamente entre esta, siempre encuentran a alguien que está abierto a conocerles, a compartir una bonita amistad con ellos. En el caso de E.T., estamos hablando de Elliot que en ningún momento manifiesta repugnancia ni hostilidad ante ese ser bajito y feo; la primera vez que le ve, tan solo pega un chillido ante este, pero en ningún momento esto va seguido de una etapa de odio y hermetismo hacia lo aparentemente extraño, digo aparentemente porque descubriremos como esos “bichos raros” (así los cataloga la sociedad) también tienen sentimientos e incluso mucho más sinceros que los nuestros.
Su paso por la sociedad del momento deja, en aquellos que los quisieron conocer, una nueva ética, la ética del conocimiento hacia aquello que, en un principio, no nos resulta familiar ni propio de nuestro ambiente. Con estos seres tan queridos por la mayoría de los espectadores, se aprende también mucho sobre la vida. Y es que la xenofobia existe en cada barrio, en cada ciudad, en cada provincia y en cada país. Muchas veces son los propios medios de comunicación que fomentan esta repulsión hacia lo extraño con titulares como “Un hombre marroquí roba en una tienda de Barcelona”.



3. SPIELBERG, ERICE Y KIAROSTAMI, TRES MIRADAS INFANTILES

Si Spielberg reivindica la niñez a lo largo de su carrera cinematográfica conviertiéndola en el centro de muchos de sus relatos, Víctor Erice y Abbas Kiarostami también optan por revivir la infancia a través de su arte.

El universo de los niños es un círculo complejo donde la tristeza, la soledad y la decepción también tienen cabida. Ahora bien, la gran imaginación que poseen los niños junto con la curiosidad que en ellos existe, permiten construir un “amiguito invisible” con el que todo niño sueña, un amiguito al que puedan confiarse toda clase de amarguras, preocupaciones e ilusiones. Un amiguito que proporciona el afecto y el entendimiento que alguien no puede o no pudo dar o no sabe o supo dar. En el caso de Elliot, está muy reciente la separación de sus padres. Vive con su madre y su padre se ha traslado a Méjico con su nuevo amor. Algunas frases permiten ver como el chico echa de menos la figura paternal, tan idealizada durante la infancia. Su ausencia deja un vacío de cariño que E.T. parece ser su mejor medicina y eso es lo que hacen muchísimos niños, crear y buscar su propio E.T., bien en un personaje literario que les haga partícipes de sus aventuras y les proteja, bien en un personaje cinematográfico o bien en una mascota que acaban adorando. La ausencia del padre, en este caso, viene seguida de la llegada de un intruso benefactor con el cual se llegará a la amistad, amistad no siempre entendida por el mundo adulto.

En E.T. pude ver una conexión temática entre esta y El Espíritu de la Colmena, de Víctor Erice. Ana (protagonista del citado film español) encuentra, ante el vacío de la figura paternal y la tristeza que esta provoca, a su propio E.T., un ser que en un principio es propio de los cuentos pero que posteriormente se convertirá en una fuente de ilusión y de agradecimiento que le permitirá llenar la ausencia del padre (Frankenstein). Un tierno ser cuyo aspecto monstruoso no impide que se acerque respectivamente a su héroe, al igual que demuestra Elliot, dando, estos niños, una auténtica lección anti-xenófoba. Ahora bien, ese nuevo acompañante tan solo estará por un tiempo con ellos, y ante su partida, estos dulces niños traspasarán la barrera de la infancia y deberán enfrentarse con la compleja e incomprensible realidad.

Por otro lado, me gustaría destacar que la magia y la frescura de los muchachos se contraponen al mundo científico y obsesivo construido por los adultos (representado en la película de Spielberg por los científicos que buscan desesperadamente a E.T.). Tras ello, se esconde la oposición entre el pensamiento espontáneo, el de los niños, y el pensamiento lógico, el de los mayores. Estos en lugar de educar, adiestran a los pequeños, con un único objetivo: que estos llamen a las cosas de una determinada manera. Así, la mesa es mesa y la silla es silla, cerrando la imaginación infinita de los chavales. Esta idea es defendida y muchísimo mejor argumentada en el libro de Eduard de Bono, “El pensamiento lateral”.

Por su parte, los protagonistas de la mayoría de las películas de Abbas Kiarostami también son niños. Ahora bien, la finalidad de los films realizados por este director iraní distan de los relatos de Spielberg y Erice, ya que el elige el camino de la infancia para enseñarnos una nueva mirada sobre el pueblo iraní que se aparta de la única e indiferente que nos ofrecen los informativos. Irán también es un lugar habitable donde sus gentes viven un día a día. Una vida diaria que se aleja de la opulencia del mundo occidental y da a conocer al espectador, un país poblado de casitas pobres, en ruinas, casitas (si se le puede llamar así) que se traducen en meras tiendas de campaña o directamente casitas que no existen, destruidas por los reiterativos terremotos que padece la zona. Todo ello envuelto de la más viva naturaleza, sí, aquella que en el mundo occidental cuesta encontrar: los olivos, las tierras áridas y escasamente urbanizadas contrastan, por ejemplo, con la ciudad barcelonesa, repleta de carteles publicitarios y totalmente edificada.
Todos sus personajes son personas errantes que parten de un acontecimiento concreto que les llevará a una búsqueda interior. En Dónde está la casa de mi amigo el pequeño Ahmad se desplaza de Koker a Postén para entregar el cuaderno (que este guardó en su maleta con la mejor intención) a su compañero de colegio. Durante este viaje que se prolonga hasta el anochecer sin conseguir el objetivo, observará todo un retrato de las gentes que conforman su sociedad, la sociedad iraní. Una sociedad donde los adultos quieren seguir implantando una férrea obediencia del menor respecto la figura mayor, una sociedad donde el carácter es un tanto agrio, a excepción de los niños que traducen ese ácido comportamiento en una mirada triste pero que no acaba con la curiosidad que lleva implícita la infancia. Unos mayores que no saben escuchar porque simplemente no se les enseñó a escuchar.

En definitiva, los tres directores recurren a la época de la mirada limpia, intacta e inocente donde sus niños protagonistas maduran con las historias que les toca vivir.


4. EL IMPERIO DEL SOL, E.T. Y SPIELBERG

El imperio del sol es la adaptación del libro de James Graham Ballard, inglés nacido en Shangai, que recoge la apolíptica experiencia vivida por este cuando los nipones invaden Shangai, pocas horas después del bombardeo de la flota norteamericana anclada en Pearl Harbour. De nuevo, el protagonista de un film dirigido por Spielberg es un niño.
Durante toda la película, la mirada de Jim oscila entre dos mundos, el propiamente infantil y el mundo de los adultos. El primero se demuestra ante la fascinación que siente este por los aviones militares pero por otra parte, la ferocidad y la crueldad de una guerra que tan solo trae muertos y con ello familias separadas y destruidas para siempre harán mella en el jovencito corazón del pequeño.
Y es que en El imperio del sol, la etapa de la niñez llega a su fin tras la experiencia vivida. Como muy bien dice Javier Ortega en “Spielberg, el hacedor de sueños”, El imperio del sol es el fin de la inocencia.

Tanto esta película como E.T. muestran un Spielberg enamorado de la infancia pero que no enseña esta como un mundo feliz donde ningún problema existe. Sus protagonistas sufren al igual que también se sufre cuando uno es mayor. Y es que el ser humano nunca es feliz del todo y ese sufrimiento o pena viene inherente desde su nacimiento. Por ello no entiendo aquellos que denominan en tono despectivo a Spielberg como “cineasta de la niñez”, ¿acaso las películas para niños no enseñan nada? Y es más, Steven Spielberg con sus historias no solo atrae a niños porque sus historias como por ejemplo la analizada E.T. nos alejan por una hora de este mundo materialista que como toda sociedad de consumo nos hemos convertido. Sus films nos trasladan a la fantasía e inocencia que perdemos cada vez más rápidamente. Además, cabe recordar que Steven Spielberg cuenta también con películas que no son tan fantásticas como E.T. o Hook y que muestran la cruda realidad (La lista de Shidler y Salvar al Soldado Ryan).

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